miércoles, 1 de agosto de 2012

RESEÑA: Solaris, de Stanislav Lem

Mucha gente, especialmente la más joven, es aficionada a las listas en las que se afirma categóricamente qué obras son las mejores del mundo mundial en un género, estilo, época, o incluso en toda la historia de la literatura (los hay muy atrevidos). Por mi parte, con los años he ido ubicando estas clasificaciones en su sitio, esto es, el de la opinión del clasificador, y restándole importancia a la relación hasta dejarla en el mejor de los casos en una sugerencia de lecturas más o menos útil según coincidieran mis gustos con los del creador, y cuando alguna vez he realizado alguna (porque soy mortal y yo también peco) la he considerado más como juego que otra cosa.

No obstante, a poco que echemos un vistazo a unas cuantas listas de “las mejores novelas de la historia de la ciencia ficción” de las muchas que hay, por diferentes que sean los listadores, en prácticamente todas encontraremos entre las primeras posiciones a Solaris, de Stanislav Lem, e incluso bien puede ser la novela que con mayor frecuencia se haga con el puesto de mayor honor. Ya he dicho que para mí la mejor de las listas alcanza el rango de sugerencia, pero oye, cuando todo el mundo que se supone que sabe de esto sugiere lo mismo, digo yo que será porque como mínimo es bueno. Pues con Solaris, va a ser que sí.


Lo primero que tengo que decir es que el estilo de Lem no resulta especialmente sencillo de leer. No en el sentido drogoalucinógeno de P. K. Dick, con el que a veces te alegras de pasar de párrafo y no vuelves atrás aunque no te haya quedado claro. En algunos momentos Lem puede resultar denso o enrevesado, para quienes no estemos acostumbrados a él (y me incluyo), pero esto es más debido a la profundidad de las ideas que trata de transmitir; dado el caso es mejor releer el párrafo con mayor atención, pues muy probablemente no solo nos esté contando un concepto en verdad interesante, sino que observándolo con interés se trate de un pasaje dotado de singular belleza. Solaris es el paradigma de este acontecimiento, pues está dotado de momentos no solo llenos de significado, sino que además tienen la capacidad de calar hondo en el lector y permanecer en su memoria, o al menos ése ha sido mi caso.

Solaris es un planeta girando en una órbita elipsoidal teóricamente imposible alrededor de dos soles, que tiene la particularidad de tener vida. En concreto una vida, la del colosal océano que ocupa la mayoría de su superficie. Durante más de cien años ha sido estudiado por investigadores que han ido intentando engrosar la ciencia solarística, que sin embargo se halla, siendo generosísimos, en pañales. Por tal ausencia de avances, con el paso de los años, ha ido perdiendo el interés de la comunidad científica.

A tan extraño planeta llega el psicólogo Chris Kelvin, para pronto descubrir la peculiar situación que está viviendo el exiguo grupo de investigadores desde que, sin permiso, bombardearon la superficie del océano vivo con rayos x en el enésimo intento de comunicarse con el mismo. A partir de entonces entraron en la vida de los científicos una serie de visitantes estrechamente ligados a la intimidad de los investigadores, a sus secretos más escondidos, a sus subconscientes.

Kelvin profundizará por un lado en su relación, intensa y contundente, con su visitante y sus compañeros –especialmente interesante el ciclotímico Snaut-. Paralelamente irá avanzando en sus conocimientos sobre la solarística, introduciendo así al lector en los misterios del océano y de las enormes e intrincadas pero maravillosas creaciones que sin lógica aparente se van creando y destruyendo sobre el mismo, descritas con tal profusión que a veces se antoja excesiva.

Pero, aparte de esta historia de superficie, ¿de qué va Solaris en el fondo?

Lo primero que salta a la vista es la delicada e inteligente reflexión acerca del concepto de humanidad. Curiosamente hace no mucho reseñé otro clásico que se preguntaba algo parecido desde diferente óptica (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Dick); es un lugar común de la ciencia ficción en el que ahora cambiamos los replicantes por visitantes refinados, empáticos y esta vez casi indistinguibles. ¿Un ser humano lo será si no es hijo de otros seres humanos? A poco que profundicemos en ello nos topamos con connotaciones casi de índole divina: en cuanto hablemos de un creador… También nos enfrentamos con la idea de identidad: ¿podríamos llegar a interaccionar con la misma persona en diferentes ocasiones? Pero literalmente la misma las dos veces, no primero una vez y después otra, sino que para esa persona siempre se tratara de la primera vez. ¿Lo convertiría en dos personas diferentes o no seríamos capaces de disgregar una de otra? ¿Y desde su perspectiva?

Éstas son las más célebres cuestiones planteadas en la novela, pero no las únicas, ni a mi juicio las más importantes. Lo más habitual en el mundo de los contactos con extraterrestres en la literatura de ciencia ficción, más allá de que estos sean homínidos, que suele ser la primera opción, es que al menos se parezcan a algo existente en la Tierra (insectores, reptilianos y otros bichos de mal vivir), pero ¿y si no se parecieran a nada de lo que conocemos y fueran no obstante indiscutiblemente inteligentes? Es más, ¿y si el extraterrestre escapara por completo a nuestro intelecto? ¿Cómo comunicarnos con algo que ni tiene sentidos ni para ello tiene sentido el tenerlos? ¿Y si se comunicara él? ¿Tendrían sentido tales comunicaciones? A éstas y otras preguntas se enfrenta Chris Kelvin cuando llega a Solaris, y nosotros las iremos planteando junto con él.

Las listas quizá solo sirvan de sugerencia, pero cuando hay unanimidad suele tratarse de una buena sugerencia. Por cierto, por si teníais dudas, yo también os sugiero que leáis la novela, y entonces comprenderéis por qué ha dado para tres películas (incluyendo la más celebrada, de Tarkovski, y la más reciente, de Soderbergh, sobre las que pienso hablaros otro día), portales de internet, revistas y hasta un sistema operativo.

Os dejo con palabras que he seleccionado de la obra del propio Lem:

“La Tierra es de un tipo común: ¡la hierba del universo! Y nos vanagloriamos de esa universalidad. No imaginamos que pueda haber algo muy distinto, y con esa idea partimos hacia otros mundos. ¿Y qué haremos con esos otros mundos? Dominarlos o que ellos nos dominen: ¡no hay otra idea en nuestros patéticos cerebros! Ah, cuánto esfuerzo inútil”

“Me parece muy verosímil. Es el único dios en el que yo podría creer, un dios cuya pasión no es la redención, un dios que no salva nada: un dios que simplemente es. ”

3 comentarios:

Carlos Javier Eguren Hernández dijo...

Me has picado la curiosidad, acabaré cayendo que la tengo pendiente (sobre todo por la adaptación clásica al cine).

Deberías hacer algún día tú también de novelas que sugieres =D

Un saludo.

Salvador Suto dijo...

Pues esta la tengo pendiente... a la lista!

Pedro López Manzano dijo...

Gracias a los dos por comentar.

Carlos, la adaptación clásica, siendo de Tarkovski, es tremendamente libre (siendo generosos) ;)

Suto, a la lista sin duda.

Ninguno dejéis de leerla. Os convenza al final o no, supone una gran experiencia lectora.

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